OPINIÓN

El Cairo

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Nuestro hotel estaba en una isla del Nilo, dentro del gigantesco caos de El Cairo. En la isla de Zamalek. “Saque mi maleta de ahí”, fue lo primero que le espeté al dulce empleado de tez oscura de un hotel de cuatro estrellas superior y un mantenimiento de cuatro décadas anterior. Detrás de mil vueltas y sonrisas forzadas, conseguí que se me trasladara a la única planta que había sido habilitada en el último lustro. Estaba cansado y muy cabreado con el grupo de turistas, casi infantil, que se dejaba arrastrar por medio Egipto, tras una serie de guías bastante abúlicos, seguramente mal pagados, que nos paseaban indolentes por lugares de ensueño.

No me dejaron pasear por El Cairo, es más, me insinuaron que resultaría contraproducente… Un turista occidental solo, por las calles. Casi peligroso. Tras varias horas perdidas en la guardería del antañón alojamiento, entretenidas con cuatro chuches, nos metieron en un autobús para llevarnos de excursión a las pirámides de Guiza, la joya de la corona; algunos hasta palmotearon y otros se abalanzaron a cargar las baterías de sus cámaras coreanas.

Nadie se atrevió a bajar al interior de la Pirámide. Aquella mañana, no sé por qué, solo se podía bajar a la de Kefrén, la única que aún mantiene parte del revestimiento en la parte superior. El guía se negó a comprarme el tique de la entrada y tuve que hacerlo yo mismo. Que era un pasadizo muy angosto y empinado, problemas de respiración, claustrofobia. El grupo me estaría esperando aburrido, contemplando con paciencia canina la cara de la Esfinge (que por cierto representa la cabeza del faraón Kefrén). Perderíamos tiempo para ir de compras…

Comencé a bajar en solitario, casi a oscuras sobre un suelo tableado y tocando las paredes, con los brazos doblados. Estaba cabreado. De vez en cuando subían de vuelta grupos de tres o cuatro personas y me veía obligado a pegar la espalda a una pared y esperar que me sobrepasaran rozándose, impregnándome el sudor. En un punto se abrió un espacio mejor iluminado por las tímidas bombillas y comencé a subir un poco casi a gatas y otra vez volví a bajar. No sabría decir cuánto tarde en llegar a la cámara del sarcófago. Lo más curioso es que, en aquel aire cerrado, comencé a avanzar tranquilo y con la mente en blanco, progresivamente más calmado. Casi feliz.

La cámara estaba tallada en la roca. El techo tenía unas losas oblicuas de granito inmensas, dispuestas a dos aguas. Las paredes tenían como trabajos, ahora casi invisibles, de cantería. El sarcófago era muy grande y sencillo, otra mole de granito oscuro. Me pegué de espaldas a la pared que le enfrentaba y me dispuse a acariciar la piedra, despacio, y apretando fuerte con las yemas de los dedos de una forma casi obsesiva.

No sé cuánto tiempo transcurrió, ni exactamente lo que me acababa de suceder. Cuando llegué a la luz del sol, me encontraba absolutamente bien. La bronca del guía y los reproches del grupo de turistas se confunden en mis recuerdos con el autobús y una mula hinchada como un gran odre de vino, que flotaba patas arriba en una de las acequias que riegan las verdes huertas de frutales y hortalizas, que rodean la mayor ciudad del mundo árabe, de Oriente Próximo y de África.

En el Hotel todo quedó resuelto felizmente. Ellos se fueron detrás del guía, agarrados de la mano, en su autobús con aire acondicionado, de compras. Y yo me acomodé en mi primer taxi, tras pactar el precio, hacia el Barrio Copto. Estaba solo, libre y seguro de mi dicha. Tenía la determinación de que todo lo que vendría sería perfecto. Lo cierto es que a la vuelta, cuando quise volver en el metro, entré en el vagón más cercano y, cuando comenzó la marcha, observé que varias señoras cubiertas con hijab me miraban insistentemente, con seriedad; una anciana encorvada que tenía al lado estaba hundida en su burka: sus pequeños ojos vidriosos fijos en mi humilde persona infundían respeto. Las risitas de unas jóvenes sin velo me terminaron por desvelar la situación. Solo había mujeres. Estaba en el vagón reservado a las señoras. En cuanto me fue posible abandoné el equívoco. Fue una estación muy larga.

Pero por lo demás, todo funcionó y me sentí fascinado por los centenares de minaretes rodeados de tejados llenos de basura y chatarra de los disparatados edificios. Las horas de los rezos, la paralización de las calles y las gentes inclinadas hacia la Meca, junto a los semáforos y bajo las mesas de las terrazas de las teterías. El enorme almacén de maravillas de su Museo en la plaza Tahrir. El gusto en la boca del enmarañado laberinto humano del fantástico Khan El-Khalili. El sabor del pescado de aquel restaurante barco –ridículo- a las orillas del Nilo. La felfela deliciosa, cerca de la plaza Mustafa Kamal, como contrapunto.

Tantas preguntas: ¿Por qué cuando se inclinaban frente a la Meca en la gran mezquita azul, con su reloj estafa, casi a todos los hombres se les asomaban las culatas de sus revólveres? ¿Por qué los cristianos coptos apenas salían de su barrio y los cairotas de tez más oscura apenas tenían vivienda o empleo? ¿Aquel accidente de tráfico, sin esperanza, con diez ambulancias para toda la población? El Cairo me gustó. Estuve en casa. Siempre decimos que los Mediterráneos venimos de la cultura Griega y Romana, pero olvidamos todo lo que mamaron de estos antiguos imperios de Egipto.

La Cultura Mediterránea se siente en esta caótica ciudad de más de veinte millones de habitantes. Demasiada gente miserable con la que me encontré no tenía futuro. Ahora imagino que tan solo tienen un infierno infinito, miren hacia donde les dejen mirar… “In sa Allah”.

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