OPINIÓN

Extremadura

extramadura-91

♦ Pasear por Cáceres una mañana temprano entre diario por la Plaza de las Veletas o subir por el rincón de la Monja hasta el Barrio de San Antonio. Una buena ristra de morcilla patatera. Un atardecer en el Parque Natural de Monfragüe, en el Salto del Gitano mirando con prismáticos un nido de Cigüeña Negra. Una torta del Casar. Subir por la Ronda de las Almenas de Trujillo, hasta la Plaza de los descalzos y llegarse hasta el precioso cementerio, un tres de noviembre. Una pata negra de jamón serrano. Llenar un canasto de castañas por el paseo del río en Garganta la Olla. Pimentón de la Vera.

Granadilla. Licor de Bellota. El cementerio Alemán junto al Monasterio de Yuste (me están saliendo muchas tumbas ¿no les parece?). Plasencia. Solomillo de vaca retinta. Robledillo de Gata. Rosca de Alfajor…

Tanto y tantas Extremaduras que uno se resiste a recordar unas pocas entre todas. Pero tengo un pequeño texto que me inspiraron sus gentes y dehesas. Respirando su aire, intente aguantar la respiración, para así atrapar y llevarme a casa, en un cuadernillo, algo de su aliento. Ahí lo dejo:

 

Sigo sin entender como me da tanto de si el tiempo… Aquí el tiempo es tan suave… tan perezoso. Antes no paraba de correr para realizar cosas superfluas que resultaban imprescindibles para continuar; una carrera histérica: hacia la siguiente jornada que me llevaba a ninguna parte. Era como montar en bicicleta, y no quería caerme.
Vivo el rojo de los arces, amarillo abedules, marrón roble, verde castaño… vivo apacible, recolectando nueces, trepando por las nogueras, rompiendo los erizos de las castañas a ras del oloroso suelo del otoño. Sé pescar mal; estoy aprendiendo. Recojo frambuesas, robo alguna naranja y hago ensaladas de ortigas silvestres con ellas.

Cada miércoles bajo al mercado del pueblo, en la plaza, para llenar mi bota de vino y comprar un pan, patatas y carne seca de cabra adobada con mucho pimentón ligeramente picante; tasajos llaman a estas tiras. La mejor comida para el pastor que, junto al queso, deja el vino en tu boca como la ambrosía de los clásicos que imagino en mi memoria, y que la creo más genética que literaria.

En el chuzo que encontré abandonado tengo todo lo que necesito. Coloque cuatro piedras, recompuse la puerta y con unas docenas de retamas impermeabilice el techo, dejando lo mejor que pude, con algo de cal natural y barro, el tragaluz del hogar y la salida de humos.

Ahora que no tengo el espejo de los otros mi yo no me devuelve un sujeto; obligado a trascender y continuar la norma de una simbología cultural y social, a la que no he renunciado. Pero que ha quedado en suspenso, liberando “tanta tensión” con el simple hecho de “mantenerse al margen” de lo que supuse en algún punto de mi existencia: que era la realidad.

Como la realidad no existe y tan solo es lo que imaginamos, me he dejado adoctrinar por un maestro “fiable” y me he dado el lujo, desde el primer mundo, de pasar frío y hambre, ver la luz natural y la oscuridad de las intemperies. Dialogar con las necesidades primarias, consensuar y por fin esforzarme por ver las cosas claras… La vida es un bufón perverso y, una vez más, me sacude en toda la cara !Zas¡ Su paradoja nos duele a los humanos, parece reírse de nuestras paranoias.

Por las mañanas ( todo el día por delante) tengo poco que hacer, arreglo el hato, barro el suelo con la escobilla, dejo la hoguera preparada y salgo a disfrutar del aire mientras me hago perezosamente con el haz de leña que preciso para el día. Como del queso del trueque al pastor; me queda lo justo y no sé cuando lo volveré a ver.
Subí hacia la cumbre de los pinos y me hice con una buena cesta de níscalos y algunas de pie azul. Sigo prefiriendo mis setas de cardo, pero tengo que variar mi dieta. Mis cenas son tan deliciosas, que tengo mala conciencia de repetirlas, cada noche, desde que comenzó la temporada.

Al rescoldo de las ascuas dejo una patata y siete u ocho castañas, y mientras se hacen corto unas laminas de queso de cabra y cuatro o cinco rodajas de tasajo, amorro el culo de mi bota de vino junto a la banca de granito. Arranco la piel del tubérculo, lo machaco con mi tenedor de madera de boj, lo baño con buen aceite y lo espolvoreo sobradamente con pimentón picante y sal. Y comienza a gulusmear; ahora muerdo una castaña calentita y, mientras separo con facilidad su corteza, miro las estrellas, mastico y me echo un trago de la bota, recojo con el queso el unte de la patata, y así continuo hasta sentirme ahíto. Después duermo tranquilo, escuchando el frío viento de afuera entre el ulular del gran búho  al calor de la chasca y mi pesada digestión.

Antes de caer profundamente en el sueño reparador, ensueño a la pareja de milanos reales que andan maleando al bando de tórtolas morunas para ver si engordan a su nidada. Junto a la garganta del arroyo vi al macho picar sobre la bandada, mientras la hembra atacaba rallando el monte a traición, a sus espaldas.

Aislarme dentro de la naturaleza me hace muy feliz. Pero soy un lobo, y echo de menos el deseo de morder a los otros: el deseo… ¿Cómo embridar esa incontinencia por conseguir la felicidad, para llegar a ser humanos sin mala conciencia, nada más?…
Miro a la luna y encojo mis piernas, siento el calor de la lumbre en mi cara, y el frío de la sierra en los dedos de mis pies. Soy capaz de lo mejor y lo peor; lo sé.

Pero no sé porqué, no consigo ser mi mejor replica.

 

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