OPINIÓN

Getafe 1975

paraisos-perdidos

Fotografía: http://www.20minutos.es/museo-virtual/foto/8820/?contexto=temas&tema=alumnos

 

♦ Bajaba por la avenida con la pesada cartera en la mano. Como todas las mañanas aproveché para abrir agujeros a patadas en la valla de ladrillo sencillo que nos construyeron para no dejarnos jugar dentro del gran edificio en construcción. El grandioso hoyo, que más tarde sería sus sótanos de aparcamiento, ya andaba encofrado y se veía el ladrillo visto hasta la mitad de su segunda planta. Ideal para tirarse desde arriba a los grandes montones de arena. Lo de romper la pared de ladrillo se había puesto de moda de una forma espontánea por parte de casi todos a la ida y después a la vuelta. Hasta que salía el guarda con su palo largo dando voces y repitiendo que se había quedado con nuestras caras.

Yo no lo sabía, pero aquella mañana, gris y destemplada, era especial. Cuando llegué todo el mundo estaba agolpado, haciendo corrillos cerca de la puerta. Habían sellado con silicona la cerradura. Don Pedro, el director, sacaba su enorme pañuelo y se extendía el sudor de la cara, se le veía muy blanco y, cosa extraña, no gritaba, nos dijo a todos que volviéramos a nuestras casas, que aunque no tardaría en venir el cerrajero ese día no habría clases. ‘La mosca’, mi profesora favorita de lengua y francés, se acercó a mí y otros cuantos y nos dijo que no le montáramos bulla a don Pedro, “Que Franco por fin, había muerto”. Era un veinte de noviembre de mil novecientos setenta y cinco. Vivía en Getafe, tenía trece años y estaba en séptimo de EGB.

Era gallega, con una enorme mata de pelo castaño, que se recogía con pinzas enormes de colores o grandes palos que se sujetaban sobre una banda de cuero negro. Era militante de Organización Revolucionaria de los Trabajadores; y estaba en mi clase de cuarenta y ocho adolescentes tirándonos los plumieres o haciendo machaditas, mirando de reojo las primeras filas de la derecha, que es donde se empavonaban las chicas. En varias ocasiones la hicimos estallar en sollozos, ante la impotencia por no conseguir nuestra atención sobre el Siglo de Oro español. Se arrojaba hacia la puerta y se escondía en los baños hasta que se la pasaba el ‘jamacuco’; mientras, los alumnos ya sin su presencia aumentábamos el volumen hasta que llegaba don Pedro y nos daba cuatro reglazos y nos castigaba con uno de sus maquiavélicos dictados. “Ajilimójili” salsa, excéntrico, efemérides. Repetir para mañana cincuenta veces cada falta en el cuaderno. Cuando por fin regresaba ‘La mosca’ ninguno entendíamos el significado del silencio y de las miradas fulminantes del director a su asalariada.

Yo tenía bola con mi profe, porque a los dos nos gustaban los perdedores y los rojos. Manteníamos la complicidad de aquella mañana y nuestra secreta alegría. Cuando decidimos en clase interpretar leyendo en voz alta ‘El Tenorio’ de José Zorrilla, a mí me dio el papel de don Juan y a la más guapa y lista de la clase le adjudico doña Inés. Jamás he vuelto a leer con tanto arrobo y extravío ningún verso como frente a esa niña de piel blanca y granitos junto a su boca.

Pero vamos, todo esto es para dejar constancia de donde nace mi amor a la letra impresa. ‘La mosca’ nos puso como tarea y examen que leyéramos un libro entero de un autor que no fuera de nuestro siglo; y que después en dos o tres folios le hiciéramos un comentario. La cosa no era sencilla, yo en mi casa teníamos quince o veinte libros del círculo de lectores y alguna novela, recuerdo una de que se titulaba ‘Éxodo’, de León Uris, con un tocho de páginas que daba miedo, pero como estaba escrita hace menos de cien años…, pues nada tranquilidad. Total que no tenía libro.

‘El mono’ era un amigo mío que vivía en frente, también era hijo de viuda. Creo que su padre murió en un accidente de trabajo en Alemania y a su madre le quedo pensión. La madre del ‘El mono’ a mí me gustaba, siempre vestida de negro y con ese deje extremeño, creo que eran de Garganta la Olla. De vez en cuando me dejaba caer por su casa, por si quería bajarse conmigo a los billares y darnos una vuelta. La señora me abría la puerta, sonreía y girando la cabeza daba una voz: “Juan, que está aquí Manolito”, A veces nos daba de merendar en la cocina o nos hacía en un pispás un par de bocadillos para que nos los comiéramos en la calle. No sé por qué, aquella tarde merendando, sentados entre el suelo de la terraza y la única silla de la cocina, les plantee mi problema literario. Era una mujer resuelta, en dos minutos me encontré toqueteando los lomos de unos libros de tapa dura, marrones y negros que ocupaban toda una balda del mueble del salón.

La mayoría de los escritores no me sonaban ni jota y de los que había escuchado campanas me daba grima el tan solo levantarles la solapa. Pero había que decidirse, ‘El mono’ me estaba mirando raro y a su madre no podía decepcionarla. Escogí casi al azar uno no muy gordo, sería el título que me resultaba familiar o el nombre del tipo que parecía corriente. Comprobé que cumplía los requisitos de ancianidad, me rasqué la cabeza y me armé de valor. Total, que salí de aquella casa con mi ejemplar de ‘La taberna’ de un tal Emilio Zola.

Lo demás es historia, disfruté por primera vez de una lectura continuada. Realicé un trabajo por el que mi profe me puso un nueve: mi primer sobresaliente. Y ahora me estoy dando de tortas, porque no puedo recordar más que el estúpido apodo, de aquella extraordinaria profesora de EGB que me cambio la vida.

 

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