DESDE LA DOBLE A

Historia real y balance

Escribo estas líneas con los pies colgando del mapa. Es decir, empapados de salitre y refrescándose en la orilla del mar. Después de unas horas de coche y carretera, encontramos el merecido descanso. Seguramente, ése que tanto amamos los de Madrid. Me refiero a la conjugación perfecta entre sol, mar, naturaleza y refrescantes chapuzones. Sin duda alguna, épocas de merecido descanso tras el largo curso. Momento de despojarse de agobios, tensiones y aventuras propias de la travesía del día a día y recepcionar a la quietud, calma y otro tipo de aventuras igual de necesarias. Se observa gente desde la fina alfombra de arena que presta el mar. Cada cual ejerce su descanso como más le gusta. Un ligero paneo visual basta para ver a gente paseando, a niños jugando a moldear esa alfombra, unos que optan por la lectura desde dispositivos móviles, otros, aún, en papel y también, como es nuestro caso, hay quien está empleando el tiempo en refrescantes chapuzones y jugar a volleyplaya entre amigos y amigas. Cada uno, en su sintonía, disfruta.

Sin embargo, hay un momento en que mi cabeza se abstrae y mientras golpeo el balón de volleyplaya tras un pase de mi amigo se para a pensar. Sigo durante unos minutos jugando mecánicamente. Mis pensamientos han rescatado un recuerdo de un hecho del que fui testigo antes de subirnos al coche dirección olas y sol. El día de antes, ése en el que muchos es cuando hacemos la maleta, fui corriendo a comprar unas cosas que me hacían falta. En la fila de la caja para pagar pude escuchar a una madre y a una hija. La madre, por poco, había sobrepasado los cuarenta y la niña, como mucho, contaba la decena. Me dejó un profundo sentimiento de tristeza. La pequeña le preguntó textualmente: “mamá, ¿por qué este año nosotros no nos vamos de vacaciones a la playa?. Su madre, con rapidez, dulzura y sinceridad, le contestó: “este año no podemos, no nos da. Pero, te prometo que lo intentaremos para el siguiente”. Se me partió el corazón. Casi agradecí que la niña se conformase con la respuesta y no decidiese continuar el diálogo. No era una situación agradable de escuchar. Es tremendamente injusto que estas tesituras tengan lugar. Es tremendamente injusto que esta niña no pudiera, como hacen los que están delante de nosotros, jugar con sus castillos de arena. No voy a soltar la retaíla de lo bien que viven los que ya sabemos, a costa nuestra, y ponerlo en contraste con esta historia. Es duro, pero es la realidad. Y la realidad en todas sus vertientes y matices merece ser, sin duda, contada. Yo pagué lo mío y salí de aquel centro comercial tocado precisamente por esta realidad. Y a la vez, con mis fuertes deseos de que un golpe de suerte, cual ola de mar que viene sin avisar, cambiase los atisbos de esa familia. Terminamos el partido y es hora de quitarse el calor dentro del agua. De camino, le cuento a una amiga esta pequeña historia. Me transmite que, al final, todo llega. Tiene razón. A veces, las pruebas más difíciles son como lo que estamos sorteando en la orilla para remojarnos. Son como castillos de arena, que pueden parecer asentados y recios, pero que, de un golpe, se pueden echar abajo. Ojalá lo consigan las protagonistas de mi historia. Y es que el final nunca está cerrado, siempre está por escribirse.

Está esperando historias como todo periodista y periódico. Y eso, precisamente, seguiremos haciendo desde este medio. Seguiremos persiguiendo todos esos relatos para contarlos con el fin de que sean leídos. Algunos, como ha pasado esta temporada, molestarán a poderosos, pero precisamente de eso se trata. El periodismo es rescatar las verdades del más puro y duro oscurantismo. Todo lo demás son Relaciones Públicas. Y es un orgullo, a la par que agradecimiento, tener la responsabilidad de trabajar en un medio que me da la total libertad de ejercer mi profesión. Un medio cuya línea editorial es solamente velar por el interés de la audiencia sin atender a nadie y nada más. Una temporada en la que hemos levantado muchas alfombras del poder y también hemos dado voz a quien no la tiene.

Por tanto, el pensamiento no puede ser otro que el de querer mejorar humildemente cada día.

Sin embargo, como cuenta esta historia, la información y la realidad nunca descansa. No toma vacaciones y aquí seguiremos contando lo que pase también en estas épocas del verano.

Este chapuzón ha terminado. Se hace de noche y las gaviotas se apoderan de la playa mientras avisan a los humanos de que es la hora de irse por hoy. Una ducha fría y comienza la noche costera. La noche es, precisamente, manto de sueños y deseos. Envoltorio perfecto para permitir volar a la mente y trasladarse a lugares anhelados. Momento fantástico para coser nuevas metas al tapiz de lo ya conseguido.

Y, desde esa calma de la fiesta, que ofrece la noche que acaricia con la suave brisa marítima, no sólo pienso en lo propio. Pienso en lo mejor para la gente que me acompaña. Pienso en lo mejor para la niña y su familia. Y, por supuesto, pienso en lo mejor para todos nuestros lectores y lectoras. Muy feliz verano desde aquí y lo mejor para la próxima temporada.

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