OPINIÓN

La Montaña Palentina

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♦ Salir de Getafe y disfrutar de unos días para patear por el norte de Castilla. A nosotros nunca nos resultó sencillo: dos garrotas, unos prismáticos, dos mochilillas ligeras, una nevera portátil con una botella congelada de coca-cola de dos litros para mantener en el maletero del coche durante las andadas la comida y bebida en condiciones, un par de planos detallados de las rutas, un rollo de papel higiénico, una navaja y una brújula que no sé cómo funciona pero que me da tranquilidad. ¿Cuánto pesa todo esto?… Pues vamos. Invariablemente el vehículo termina con dos maletones, con más de cuarenta kilos y hasta el corvejón. Son cosas de los que hemos nacido en el siglo pasado, en los pueblos: para si llueve, para el frío, para el mucho sol y para el entretiempo.

Una vez discutida, como buen matrimonio viejo, la preparación del viaje, olvidada en el congelador de nuestro piso situado en la cuarta planta (y sin ascensor) la botella de coca-cola que iba a mantener fría la nevera durante el camino (¡cualquiera sube otra vez¡), después de hacer prácticas de sherpa entre disputas toda la amanecida, apretamos la puerta del capó jurándonos —ya para otra ocasión— minimizar nuestros enseres, como buenos mochileros que pretendemos ser. Por fin, ya en el coche, ponemos algo del cantautor Joaquín Díaz, para amansarnos, y arrancamos Nacional VI para arriba.

Ya casi es una tradición no escrita hacer un alto para el almuerzo en Lerma, cerca de la Plaza los Mesones, en el ‘El Puchero’ —café cremoso, tapas y bocadillos—, buen sitio. Nos gusta repetir los pueblos y los paisajes. De una vez a la siguiente uno va afinando el tiro. Es como enfocar y encuadrar una buena fotografía. Reconoces lo que disfrutaste anteriormente y descubres nuevas capas que suelen ser más verdad, infinitamente más interesantes y menos manidas.

Un trecho más allá, paseo largo y buena comida ‘de menú diario’ en Frómista. Camino de Santiago, un pueblo que aún es pueblo pese a sus poderosas piedras trabajadas con filigrana, jubilados a la sombra de los jardines en la carretera, estupendos retablos y japoneses con la vieira al cuello.

Cuando se llega a Cervera de Pisuerga, ya estamos en la Montaña Palentina. Nuestro centro de operaciones. Cervera es una población peculiar, con una calle larga con zapaterías, ferreterías, tiendas de flores y carnicerías. Te sorprenden plazas recoletas, donde las señoras juegan a las cartas en las terrazas de los bares y las criaturas corretean gritonas. Tú puedes tomarte un buen pincho con una jarra de cerveza por dos euros, frente a señoriales casonas. Encuentras algún signo de modernidad, pero está totalmente sepultado por otro tipo de vida, mucho más sentido y una inercia que, afortunadamente, consigue saberse estar quieta.

Aquí la gente vive bien y tranquila. Es una villa de estupendos embutidos y quesos, hay industrias familiares, poco paro, buenas escuelas y carreteras. En un comercio los niños van a compran el pan y una docena de huevos, cumpliendo el ‘mandaó’ de la madre… Te puedes sentar en las toscas sillas y sobre las gastadas mesas cenar unos platos de queso, jamón y chorizo; puedes pedir un litro de vino cosechero y de postre medio kilo de avellanas recién recolectadas, rompiendo su fuerte armadura con un mazo de madera que te facilitan para disfrutar de la deliciosa semilla. Y todo por el mismo precio con el que los peones municipales se toman su vino en el mostrador, después de su jornada laboral.

Queda subir los tres kilómetros de revueltas hasta el Parador Nacional, ordenar todo el equipaje en la amplia habitación y dormir en un silencio total, feliz, pensado en la caminata que te espera con el amanecer.

Anotación práctica: el Parador de Cervera es de los más antiguos. Merece la pena reservar en el tercer piso. Los suelos son de madera y crujen. Estando en la última planta te quitas de inquietantes pisadas en el techo a horas extrañas. Las vistas al pantano y la montaña merecen la pena desde la terraza; más económicas son las que dan a la entrada y el bosque. De todas formas, teniendo la tarjeta de ‘Amigo de Paradores’ y sabiendo reservar, nunca se pagan más de 59 euros por noche en habitación doble. El personal te congela las botellas para las andadas y te facilita lo que se tercie. Lo barato sale caro. Y este Parador tiene un sabor y unas comodidades que después de una buena paliza no tienen precio.

Y ahora viene la revelación del secreto. No, no lo voy hay hacer. Lo siento mucho, pero me es imposible. Hay que… respirar, sudar, degustar y andar tanto paisaje y paisanaje… Podría dar algunas pistas, haciendo un supremo esfuerzo: palabras que una vez escritas pierden su auténtica realidad. Podría hablar del Románico de San José de Cantamuda, del Pico del Espíguete, de la infernal subida al Roblón de Estalaya, un vetusto árbol de mil años. Podría hablar del camino casi terapéutico a la Cascada de Mazobres. Podría hablar de la sensación de irrealidad cuando terminas de subir el Hayedo y te encuentras internándote en la Tejeda de Tosande, único bosque de tejos que nos queda en Europa. Y podría hablar de todos esos pueblecitos con cuevas, abuelos y gallinas; los prados junto a los regatos de los ríos y sus borricos palentinos junto a las ovejas, las yeguas y las vacas triscando a tu lado mientras te comes un bocadillo. Todo en un aire que se respira sedoso y pacifico.

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