DESDE LA DOBLE A

Las cicatrices que cosió la vida

mano

 

Le quedan sólo unos meses para celebrar los 100 años, aunque ella no lo sabe. Se trata de una cifra que ofrece el vértigo que merece todo un siglo vivido. Sus piernas han pisado por una monarquía constitucional con Alfonso XIII, por una primera dictadura, por el periodo conocido como “dictablanda” de Berenguer, por la proclamación de la II República y su periodo, por una guerra civil, por una segunda dictadura de varias décadas, por una transición y por un nuevo tiempo de democracia. Una auténtica ciudadana de las páginas de un libro de Historia de España Contemporánea. Sin embargo, ella no se acuerda de eso.

Ella es Milagros Sánchez, una preciosa bisabuela a la que hace seis años le cambió la vida. Sus ojos, ahora, no reconocen las imágenes que había ido coleccionando a lo largo de, prácticamente, un siglo de existencia. Aunque, quien bien la quiere, quizás por esmero, encuentra el mismo centelleo en su mirada, en ocasiones, cansada.

Yo no puedo estar más de acuerdo, aún hoy y aún tras esta historia; los recuerdos, esa consecuencia del buen maridaje entre historias y paso del tiempo, son nuestra mayor riqueza. Sin embargo, a veces, desaparecen. Es el momento de una de las cicatrices que más duelen, pero que la vida puede coserte sin consultarte. Las primeras fueron en su pueblo. Me refiero a las primeras cicatrices que originan letras, que van dando forma a las líneas del libro de la vida. Sus primeros pasos, caídas, amores o desamores fueron cómplices de los cielos y campos de un pequeño pueblo toledano que alcanza, hoy, los 300 habitantes. Ella no sabría responder con certeza al nombre del lugar que fue testigo de su venida al mundo. Ahora, la tengo enfrente de mí. Sentada en su silla. A veces, me mira. A veces, aparta sus ojos de mí y los mueve hacia otro lado. Su cuerpo está aquí. Puedo coger su mano, cuando me deja. Sí, ahora es cuando ella me deja. Pero, ¿Dónde está su mente? Ni ella misma lo sabe. Yo no aparto mi mirada de su cara y cuando nuestros ojos coinciden, hablamos. Es nuestro nuevo lenguaje. Es el nuevo código que la vida me ha hecho aprender para seguir comunicándome con ella. Ya no hay batallas que contar, ni estanterías de tiempos pasados por las que pasearse y que estructuran una conversación. Aquellas memorias se han quedado vagando por la bohemia noche que arropa los campos toledanos. Ahora hay otra manera de compartir en un mundo donde todo resulta más abstracto y sin sentido. Sigo a su lado, en la misma sala donde lleva seis años y, a menudo, me pregunto si sabe, quizás en algún recodo de su inconsciente, quién soy. Al principio, esta pregunta provocaba, aún más, la rebeldía inherente a mi ser. Hoy me conformo porque tengo una gran certeza; yo sí sé quién es ella.

Probablemente, fue uno de los días más duros. No lo niego. Posiblemente igual de doloroso que para el resto de familias que ya habían dado ese paso con las personas que iban a ser los compañeros de Milagros. Había que cruzar aquel umbral. Sobre la puerta de la entrada, un letrero: “Residencia SARquavitae”. La idea de abandono sobrevuela en las mentes lúcidas que la acompañamos a la entrada de su nuevo hogar. No es una idea cierta, pero, a veces, nuestros pensamientos pueden tener cariz autoinmune. La aspereza del momento se alivia, que no se cura, con la vocación que demuestran desde la entrada los trabajadores y trabajadoras del centro. Su amabilidad endulza un poco este trance y neutraliza así con otro componente que pinta también este cuadro, la salitre que desprenden tímidamente los ojos de nuestro corazón. Y es que, a menudo, se liberan lágrimas desde dentro y para dentro. Todo se vuelve más frágil, parece que si la rozas ahora, la rompes.

Todo dentro tiene un blanco inmaculado. La situación de su nuevo hogar es inmejorable, pero eso tampoco cura. Para la instalación de la recién llegada, acompañan todo tipo de personal. Un trato que vuelve a poner en justa evidencia la vocación para desempeñarse en el sector, desde el médico, pasando por la trabajadora social, al camarero de la cafetería hasta, por supuesto, todos y todas las auxiliares. Uno quiere que siempre sean sus manos y las de su familia las que cuiden de ella. Uno jamás se prepara para estas situaciones. Sin embargo, y siempre fue una idea que tuve clara para lo bueno y para lo malo, hay cosas en la vida que no se imaginan; suceden. Cobra más sentido que nunca el saber exprimir cada momento, cada escena, cada pequeño detalle o cada cicatriz como si fuese la última. A veces, en la siguiente oportunidad puedes no acordarte de quién eres.

Antes de dirigirnos a su habitación, esperamos el ascensor. No cotilleo, pero miro a una mesa rodeada por cuatro personas (da la casualidad de que están repartidos equitativamente, dos mujeres y dos hombres) que, cuanto menos, deben de ser octogenarios. Rápidamente, me cercioro de que son afortunados, al menos a mi modo de ver. Conservan su lucidez y al calor de su compañía charlan sobre sus cicatrices y los tiempos perdidos.

Abriendo puertas. Llegó el ascensor. La vuelta atrás es irremediable. Siempre es altamente poético luchar contra el sino, pero vencerlo es otra cosa. Conviene asumir ya que su lugar ahora está aquí. Tengo, tenemos, que aceptar mi/nuestra nueva cicatriz. En estas, siguen los trabajadores, cuyo bordado en su uniforme enhebra la palabra “SARquavitae”, envolviendo el momento con los papeles más agradables para facilitar las cosas. Reconozco que soy una persona que puede emocionarme hasta con la información meteorológica, pero no hace falta ser un apasionado firme para vivir con el mayor sentimiento esta situación.

Su descendiente más cercano es mi abuela, quien le prepara con sumo mimo su nueva habitación. Reparo en una circunstancia curiosa. Le ha colocado en la mesilla marcos que portan fotos cuyos protagonistas somos su familia. Ésos a los que ya no da nombre. Como buen impenitente que soy, aprovecho un momento para coger una de las instantáneas en las que salimos retratados varios. Me señalo y le pregunto: ¿quién es éste? Me mira y a su vez observa lo que mi dedo indica. Pero, no se atreve a decir nada y esboza una sonrisa.

Ha pasado ya tiempo de aquel día, el cual dejó cicatriz que llevo tatuada en mi memoria. En este tiempo ha sido raro, muy raro, no volver a verla por casa, no disfrutarla en Nochebuena o no pasar la misma cantidad de tiempo ni en las mismas circunstancias. Pero, si algo está claro es que la vida no para su curso porque como avisaba el poeta, “todo pasa y todo queda”. Unos se han ido, otros están de distinta forma, pero seguirán viniendo esas mañanas de primavera, las tardes de otoño y las noches de verano. Eso sí, que alguien olvide no implica que lo hagan los demás. Por ahí, es fundamental seguir hablando y rescatando para el presente escenas pretéritas de ella y con ella. Se trata de convertirse en una suerte (metafórica) de donantes de memoria.

En este tiempo, he adquirido un nuevo quehacer. Las visitas, que comienzan por ese mismo umbral que un día produjo dolor, son hoy una necesidad imperiosa de rencuentro. En cuanto queda aparcado el coche, vuelan los pies hacia la puerta. No en vano, aquel día, se caminaba casi para atrás y arrastrando las suelas. El contraste de dos fotografías puede ser altamente sorprendente.

Ella ya no me espera. En realidad no espera a nadie. Pero, nadie no faltará a su cita. Y no es que yo sea exactamente nadie, pero no sabe mi nombre. Eso sí, al aparecer por la puerta del salón donde está con más compañeras, levanta sus manos y exclama, “ya estás aquí”. Cierto es que no dice “hola, Adrián”, pero puedo asegurar que su inconsciente le chiva que llevamos la misma sangre. Algo avisa a su ser de que soy alguien cercano, muy cercano, a su persona. No hace lo mismo si pasa otra persona que no es familiar. Es el momento de estar con ella. Mientras abandonamos el salón, echo un vistazo a nuestro alrededor. Hay una mujer que repite todo el rato la misma palabra, otra cuya mirada está perdida y da pequeños paseos circulares, un hombre que intenta articular una frase aunque no puede… Todos ellos han vivido su vida, han tenido su historia y sus cicatrices. Al igual que Milagros, no las han perdido exactamente, pero no saben dónde las guardan. Todos ellos vienen de una generación de auténtica lucha por salir adelante y avanzar. Todos ellos vienen de épocas de dificultades, de escasez, pero que eran combatidas con sacrificio, esfuerzo y sonrisa. Quizás los tiempos que los acogieron es el ingrediente secreto que hace tan especial a esta hornada de abuelos y bisabuelos que tenemos los jóvenes de hoy.

Como es habitual, y tras este paneo visual, salimos del salón para bajar a la calle. Últimamente, sale en silla. Cuando estoy yo, tiene suerte porque esos paseos sobre ruedas son a una marcha más, aunque siempre con cuidado. La velocidad moderada que impulsa mi lado de chaval travieso a los manillares de la silla es una aventura de la que disfrutamos ambos. Paramos y, a veces, libero mis manos de la silla y se da cuenta. Entonces, me dice: “no me sueltes”. La fragilidad y ternura del ser vuelve a revestir el momento. Tan sencillo y tan complicado como un “no me sueltes”.

Tras la correría y andanza comedida, llega el momento de que reponga fuerzas. Ha pasado su vida siendo detallista. Cuando era un niño jamás me faltó en su casa nada de lo que a mí me gustaba. Es su turno. Es ahora cuando nosotros le traemos lo que a ella le gusta. En la cafetería hay más familias actuando de similar manera. A mi izquierda en una mesa próxima, una chica, de edad pareja a la mía, con su abuela (o quizás bisabuela) dándole un vaso para que beba de él.

A Milagros ya no le pregunto por mis historias favoritas que ella contaba, ni por sus cicatrices pretéritas ni tampoco por lo que desayunó esta mañana. Me conformo con tenerla delante. Me conformo con relatarle yo mis cosas y que ella me lance alguna frase suelta sin relación con lo que yo le cuente. Me conformo con cogerle la mano. Me conformo con coger el móvil y enseñarle fotos o vídeos míos en la tele aunque no se sepa que terminé Periodismo. Me conformo con hacer una cosa que no hacían, seguro, hace 100 años, algún selfie con ella. Seguro que esa chica y yo pensamos que el momento presente también es una suerte poder vivirlo. ¿Por qué no? Siempre conviene tener en mente a grandes escritores y uno de ellos afirmaba que “no llores porque terminó (en este caso, cambió) sino porque sucedió”.

Llega el momento de marcharnos por hoy. De vuelta al salón, voy pensando en el día, cada vez más cercano, de su 100 cumpleaños. No ha habido 23 de mayo sin que haya estado rodeada de toda su familia. No será menos el centenario. Siempre habrá quien le recuerde que le toca también sumar años. Siempre habrá quien le recuerde que los números que prendemos sobre la tarta son para soplarlos.

Los trabajadores del centro continúan atentos y vigilantes en cada paso, no fue algo pasajero del primer día. Ahora, muchos de ellos preparan la cena. Siempre me gusta despedirme el último de ella. Y desde aquel primer día repito el mismo ritual. Serán misterios que encierra la fascinante mente humana, pero hay cosas que nunca se olvidan. Antes de darle el beso de hasta la próxima, le pregunto al oído, ¿cuánto me quieres? Ella siempre responde, “mucho”. Eso ha perdurado y perdurará. Quizás, no me responde su consciente, quizás quien responde son esos 21 gramos que nunca nos abandonan y que son los que dicen que pesa el alma humana. Y es que, aunque sea con el alma, nunca hemos dejado de hablar. La vida seguirá, sin duda, cosiendo cicatrices.


 
Texto presentando para el Premio Fundación SARquavitae para medios de comunicación.

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