DIARIO DE UN JUBILADO

Las fiestas de agosto, las fiestas del desmadre y el sinsentido

La fiesta del 15 de agosto desde la más remota antigüedad servía para celebrar el final del verano, la fiesta de la cosecha, del trigo para el pan, de las uvas para el vino. Era de lo que se vivía y también para lo que se vivía.

♦ De pronto, a mediados de agosto, la barbarie invade nuestros pueblos, nuestras calles y plazas con el permiso de las autoridades en uno de cada cuatro y uno detrás de otro. A un pueblo en fiestas, es decir, a la masa, no se le puede negar nada, cueste lo que cueste, sea lo que sea. Lo que más importa es que las gentes, en el más absoluto anonimato aunque algunos sufran, se diviertan.

Antes las fiestas patronales daban sentido a la vida cotidiana, eran como un paréntesis. Hoy son un sinsentido alocado, un ensordecedor tumulto invadiendo las plazas y las calles, una música estridente hasta las tantas de la madrugada en la que un buen número de jóvenes con los ojos enrojecidos terminan tirados por los suelos, algunos borrachos, esperando la hora de los mal llamados encierros que no son otra cosa que soltar a unos animales indefensos por las calles del casco viejo para ser maltratados impunemente.

Las peñas se hacen dueñas de las calles, son las verdaderas protagonistas de las fiestas, todo lo demás: el traslado de la patrona desde la ermita a la iglesia parroquial del casco antiguo la tarde anterior al día grande, la misa cantada que acude a celebrar el obispo de la diócesis, la procesión al atardecer por la viejas calles de siempre y algún que otro acto más o menos religioso es la justificación del desmadre popular. Menos mal que tan solo dura una semana, pero qué semana… Los vecinos que tienen la desgracia de vivir cerca de la plaza donde se celebran los bailes nocturnos, si pueden, esos días se van de vacaciones, salen huyendo como alma que lleva el diablo. No hay quien lo aguante. La fiesta para ellos es un verdadero tormento, una agresión, una tortura que se cuela en sus alcobas, en su cuarto de estar, en su intimidad, en su vida cotidiana, en su cabeza y no hay paracetamol que pueda con ella. No se tiene en cuenta a los enfermos, a los recién nacidos, a los ancianos, no se respeta a nadie, la fiesta es la ley de la selva, ya digo, un sin sentido.

La cultura brilla por su ausencia. La fiesta debería ser antes nada cultura, expresión del sentir popular, alegre y critico a la vez. Pero la fiesta tal como la entienden nuestras autoridades es para otra cosa, la fiesta es para divertirse sin más, para sentir que somos muchos y chillamos muy fuerte. A eso le llaman convivencia, fomentar el encuentro y hacer pueblo.

La fiesta, que deberían dar sentido a nuestras vidas cotidianas, ahora ya no es lo que era y no soy ciertamente un nostálgico ni tampoco un apocalíptico. La fiesta del 15 de agosto desde la más remota antigüedad servía para celebrar el final del verano, la fiesta de la cosecha, del trigo para el pan, de las uvas para el vino. Era de lo que se vivía y también para lo que se vivía. A partir de ese día el ciclo de la vida comenzaba de nuevo. El año agrícola ponía punto final para iniciar a renglón seguido el inicio de uno nuevo. El otoño estaba llamando a la puerta. Ahora, no se saben ni tan siquiera lo que se celebra. Más que nada se trata de recuperar en falso el vínculo con lo originario, con las raíces: unos a través de la nostalgia, otros sumergiéndose en un sentimiento colectivo, irracional y tumultuoso. Sí, pero nadie lo encuentra.

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