PARAÍSOS PERDIDOS

Sándor Márai, la Europa perdida    

Este buen burgués húngaro nació en una enriquecida y casi aristocrática familia sajona. Antes de la disolución del Imperio Austrohúngaro. Una cultura ya totalmente desaparecida cuyo esplendor y ocaso le tocó vivir en carne propia. “La patria verdadera, que quizá sea la lengua o quizá la infancia… Mi casa de niño era de las pocas de dos plantas, de fachada y portal amplios y unas escaleras anchas y cómodas en las que solía haber corrientes de aire. Por las mañanas, los vendedores ambulantes montaban sus puestos en las aceras enfundados en sus abrigos cortos de lana blanca y sus gorras de piel de oveja, despachaban sus productos y comían pan con tocino”.

La lectura y la música, los idiomas y Goethe. Junto a las matemáticas y las nuevas tecnologías, el tren de vapor y la invención de la electricidad. Eran conocimientos comunes entre los jóvenes de las clases altas. Lo normal era ser culto en la elegancia de la bondad y la cortesía.

Con diecisiete años es llamado a filas y al finalizar la primera guerra mundial, perdida la contienda, su familia le envía a terreno aún conocido, de Leipzig a Weimar, de Frankfurt a Berlín. Fue un estudiante de filosofía y periodismo durante décadas, tiene rentas y cobra por sus artículos, cambia de ciudad sin deshacer las maletas. No tenía prisa y sí mucha curiosidad. Nunca trabajó y todo su tiempo se lo dedica siempre a su vocación. ¿Qué quiero contar? ¿A quién se lo quiero decir? Peregrino por la Europa de los años veinte como una abeja golosa de flor en flor. A veces con frivolidad y desenfreno. Otras con soledad y remordimientos. Por sus miles de artículos en docenas de periódicos de seis o siete países, sobre cualquier realidad que le alcanzara y su verdadera “Obra” sin desarrollar, siempre matriculado en grandes universidades a las que no se presentaba, más que en alguna que otra ocasión, le parecía de interés.

Más adelante sale de su zona de confort: Florencia, Londres, Oriente Medio y, por supuesto, París, en donde sobrevivió muchos años, sin saber dejar de ser un extranjero. En sus cafés conoció y mantuvo relación con Unamuno, Blasco Ibáñez o Picasso, por mentar tan solo  al pequeño sequito del Montmartre español.

“Los propósitos de mi época, presentes de forma palpable, me llenan de desesperación; sus deseos y su manera de divertirse, dudo de su moral y considero terrible y fatal el interés de la época por los récords, que satisfacen casi por completo a las masas. El hombre espiritual es un fenómeno único, obligado a refugiarse en las catacumbas, como hacían los monjes escribanos, poseedores del secreto de la Letra Escrita, en la Edad Media, en la época de las invasiones bárbaras”.

Volvió a Buda, a un barrio que hablaba húngaro y entendía su provincianismo social, fue un socialista refinado, pero convencido, que sin conciencia social no se podría ser, una persona digna sobre la tierra. Acudía e intentaba adoctrinar humildemente en Pest. Su estrella empezó a apagarse (alguna vez deslumbró) con la ocupación soviética. Tildado de “burgués” por un lado, de “libre-pensador” por los demás…

Continuo creando, de forma monacal, con esfuerzo y sentido de transmitir una realidad verdadera, limpia y educada… como su voluntad Austrohúngara, a imagen y semejanza de su educación de un Imperio (ya desaparecido) conducido por la razón y la cortesía, que siempre le guió.

Abandono su país y, tras una breve estancia en Suiza e Italia, emigró a Estados Unidos, instalándose en Nueva York. Fue “VETADO” por todos por fin. Desde mi punto de vista consiguió  “el éxito”… Un ser humano culto, un poeta, un pobre desgraciado… Cumpliendo de destino.

“Todos los días ocurría algo. La vida, esa materia prima triste y hedionda… El buen periodismo siempre es agresivo. El periodista que describe los fenómenos vitales diciendo siempre que sí y mostrando su conformidad resulta aburrido y poco convincente. En cualquier caso, el público del circo espera que las bestias despedacen a todo pagano o cristiano que se atreva a entrar en su territorio”.

Vivió toda Europa y su desintegración. Un viejo casi ciego, anda con su bastón, trastabillando, desvalido, por las calles de San Diego. Es uno de los últimos hijos del Imperio Austrohúngaro de las películas de Berlanga.  A los lejos, de algún local de esos playeros, a los que nunca se permitió penetrar, se escucha una pegadiza canción de The Beach Boys, que un húngaro con nacionalidad estadunidense, residente el California, no puede comprender. Hace demasiado calor, siempre suda y nunca consigue vestir decentemente en aquel entorno.

Murieron sus tres hermanos, casi desconocidos, su mujer itinerante y su hijo (¿…?) en un lapso de dieciocho meses. Vuelve renqueante a su absurdo apartamento soleado. Y piensa… no, más bien sueña con la altiva y hermosa colina del Castillo de Buda, suspira con dignidad, y se pega un tiro en la cabeza.

Abrió los ojos en Abril de 1900 y se bajo del tren en Febrero de 1989, a pocos meses de la caída del Muro de Berlín.

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