PARAÍSOS PERDIDOS

La Mili

Yo me fui al servicio militar obligatorio, voluntario con diecisiete años y andando. Mastuerzo, siendo hijo de viuda y pudiendo haberme librado. Pero los pobres siempre hemos sido sufridos y temerosos. El menor, que tendría que aportar su salario para la emancipación de sus hermanos mayores, debería despejar este desperdicio, de más de un año improductivo y obligatorio. La vida nunca fue fácil para la inmensa mayoría y teníamos que ser muy prudentes.

El olor de las cocinas y las medias reses congeladas, de más de doscientos kilos, fechadas en 1957 de la Argentina de Perón ayudando al General Franco. Aquellas perolas opacas en donde se podían cocinar a varios niños. El brigada de cocina que conducía su mercedes y ganaba más que el coronel. Aquellas interminables prácticas de instrucción, con botas grandes o pequeñas que nos dejaban los pies lacerados… “Un, dos… Eeroó…” El Cetme frío, inútil y grasiento haciendo piruetas entre los brazos helados, dejando moratones y “mecagoendioses” entre los dientes apretados. Aquel carcajeo nervioso de cien adolescentes uniformados, que entre imaginarias, se hacían la petaca en las literas y se lanzaban los taburetes de hierro en el silencio de un cuartel. “Toda la compañía, vestida de campaña, al patio de armas” a las dos de la madrugada… … “Un, dos… Eeroó…».

Era el Getafe de Kelvinator y Construcciones Aeronáuticas, con gallinas en las terrazas y jóvenes que, venidos del pueblo, mataban a las ratas en los interbloques, desde sus pisos de cincuenta metros cuadrados altos, con escopetas Gamo de balines de plomo… Se cenaba al fresco, en las escuálidas terrazas, se echaba de menos la recogida anarquía de la naturaleza ante la intemperie de los descampados de las afueras de Madrid. Los vecinos se gritaban y se reconocían, los unos a los otros, desde sus barandas.

Vosotros lo sabéis igual o mejor que yo, que un manto níveo y uniforme, inmaculado y blanco se forme sobre el  asfalto de la antes denominada “ciudad dormitorio” de Getafe. Es muy extraordinario. Bueno, pues eso pasó el día que yo me fui andando desde mi casa al cuartel del Ejército del Aire para hacer la mili, el quince de enero de 1980.

“Para cuatro patatas que te vas a comer, recluta echa a correr”… Fagina era el toque de corneta más esperado, hora del rancho (había muchos tiquismiquis; gracias al comandante capellán, al recientemente fallecido Generalísimo y a Dios Padre, Hijo y la fabulosa tórtola del Espíritu Santo). Por lo que mi ración de rancho no menguaba, nunca fue sabrosa ni se convirtió en ambrosía, pero alimentaba mi metro ochenta y cinco de militarizado, desterrado a quinientos metros de la casa materna.

Mi mejor cuñado es “el melenas” (tuve otros que desertaron de mis adorables hermanas, por vías más o menos legales; este es el único que siempre hasta la fecha resiste, no puede haber discusión, es el mejor) y continúa con la costumbre de tener un padre capitán de la Guardia Civil, a día de hoy con buena salud. Y estando yo acuartelado antes del glorioso beso y jura de bandera, en periodo de instrucción, se decidió apadrinarme, por vía duplicada, para recomendarme… Quince meses de mi exigua vida entregué a esa patria cuartelera, y cuando me llegó el crucial instante “Del destino”…

Me ofrecí voluntario al exilio de los desfavorecidos. Renuncie al excesivamente valorado “Pase Pernocta” y me involucré con una pequeña banda de forajidos en el Centro de Microondas del Alto de los Leones, en las lindes entre Madrid y Segovia, en lo más bizarro de la sierra de Guadarrama.

Jugábamos mucho al ping-pong; el mejor era el León, tenía otro apelativo, pero exigía que denomináramos por su origen de nacimiento, era un toro que corría cuestas y veredas enceladas y montunas como quien se pasea por la Plaza Mayor: un tipo ancho, de profesión minero, moreno y sereno; un hombre difícil de catalogar; buena persona. Estaba mi maestro en las sustancias del Cannabis, en concreto la “maría”… Recuerdo perfectamente aquella bolsa de plástico trasparente con medio kilo largo de hierba, de la mano de Gonzalo, dando trompicones sobre una granizada de medio metro, a menos ocho grados centígrados, en calzoncillos diciéndome: “ven, sígueme, verás que bien sabe así un peta”. Gonzalo atracó una farmacia y terminó en un castillo militar. Y no fue la única “víctima-culpable” de todo ese barrizal. Yo me leí el “Así habló Zaratustra” varias veces sobre la piedra más alta, al fondo se observaba la boina de contaminación del lejano Madrid, perfectamente.

Juan Carlos era el Cabo Primero, de Sevilla. Especialista en perros; teníamos entre quince y veinte perros en el “Alto” y tenían grado de teniente o alférez dependiendo de los tubos y saltos que practicaban, bajo cronómetro militar. El coronel estaba loco. Por eso lo dejaron como mando en el grupo “Microondas” del Alto de los Leones (por cierto siempre solo hubo uno). Un viejo militar barbudo, que participó  y venció una guerra para conseguir ganar una mención especial en la cría de pastores alemanes alsacianos de pelo largo. Éramos unos jóvenes revolucionarios, que vivimos casi un año en régimen de “guardia, reten, guardia, libre”… y bajábamos a Madrid haciendo auto-stop una vez a la semana . «Esta perra que encerramos con el teniente García… ¿cómo puede tener este pelaje negro?… No me lo puedo explicar, caballeros». Era un tipo estrámbotico y entrañable. A cada perra en celo le echábamos a todo macho que se movía por las noches. El cabo primero Juan Carlos se daba cuenta y consentía. Había tres brigadas, que vivían en Guadarrama y San Rafael, sus guardias se las pasaban durmiendo. Nosotros vivíamos fuera de la disciplina militar, a cambio de ofrecer una actitud suficientemente decorosa. Como los cargadores del Cetme pesaban mucho, los vaciábamos y quedaban en el puesto de guardia y el mismo fusil no se movió en los doce meses, recuerdo que estuve por allí. Nos hacíamos el relevo entre compañeros, en confianza, sin transmitirnos demasiadas novedades, poniéndonos el jersey sin formalidades, masticando una galleta que nos agenciábamos sin límite en la cocina. No había saludos militares y la moda del uniforme se transformaba con más imaginación y rapidez que en el prêt-á-porter de París.

Me baje del “Alto” para licenciarme, por obligación hacía febrero del 1981. Una vez más el destino. Puestos a elegir me puse poeta… y me decidí por la música, me reconvertí en corneta. Con el quinto levanta a las siete de la mañana conseguí que echaran pesetas los quintos por malo…. No conseguí lo que entonces se llamaban “fuerzas”… para salir en doce meses… y me tuve que conformar con pasar el golpe de estado de tricornio del Teniente Coronel Tejero.

Era el corneta en el parque de transmisiones de Getafe, sentado en el cuarto de guardia, con los pies encima de una silla, cortándome las uñas de la mano izquierda con el soniquete de la radio, frente a la ventanuca que visualizaba el suave cimbrear de los falsos plataneros en el patio de armas. Serían poco menos de las seis de la tarde, la taberna de tropa y suboficiales de al lado se encontraba en marea baja. Las urracas, negras, azules y metálicas, graznaban mimetizadas dentro del cuartel… Calma Chicha… Militar.

Para el común de los ciudadanos españoles, el golpe del 23-F de 1981 duró algo menos de cuarenta ocho horas, yo fui acuartelado diez días con nueve noches, sin noticias y preparado para defender a “La Patria”. Yo escuché en la radio cosas extraordinarias y siguió una música clásica y guerrera de bandas con exceso trombón y caja de tambor. El oficial de guardia era universitario, no de la carrera “chusquera” militar, y ambos no disponíamos de pañales para adultos… Fueron doce o quince horas de un desconcierto total.

—Coge un cetme y dos cargadores, si vienen los tanques, toca Generala…

Todo estaba bajo control. Sí obviamos algunos aspectos de la realidad, como que yo, ni nadie en todo el cuartel, sabía tocar “Generala”. Pasaron muchos lustros y mi pesadilla más reiterada, de sudores fríos, fue la de que me obligaban volver a todo aquel sin sentido.

Dentro de poco moriremos los últimos quintos… Y nadie sabrá nada, todo será lo mismo. La única generala que será recordada no estará escrita, será audio visual; la del General Custer y Caballo Loco en la batalla de Little Bighorn.

Tempus fugit verba volant, scrīpta mānent 

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