OPINIÓN

Un día en el hospital

Llego al hospital de Son Espases en Mallorca, sub judice como tantas obras públicas. Entro con la cabeza fría del acompañante que no necesita nada del Sistema de Salud para sí mismo y recuerdo lo de Maite Areal, esposa del ex ministro Jaume Matas, pagando una lechuga con un billete de 200 € para no dejar el cambio de propina, o comprando una escobilla limpia cacas de 300, en ambos casos con mi dinero, aunque recibido bajo cuerda de secuaces a las órdenes de personajes como Villar Mir o Florentino Pérez, presuntamente.

Llueve dentro y fuera del parking “cubierto” aunque de pago y los charcos que se forman en el suelo, por su mal acabado, me hacen pensar que un político corrupto que haya recibido millones en negro por conceder el proyecto a un cómplice en funciones de contratista mal le puede exigir calidad en el trabajo, pues hasta podría pedirle que le devolviera la comisión.

Dentro, en el área P de la planta 0 de Hospitalización, aunque la  —2 es la que está a nivel del suelo—, cualquier desperfecto redunda en la misma idea. Lo peor, el ruido que no cesa y todo lo invade durante 24 horas noche y día, al que los profesionales están acostumbrados pero que resulta cruel para los enfermos, pues el silencio debería formar parte obligada de la terapia. ¿Podrían acabar con eso, por favor?

Con el frío se abren y duelen más las grietas de los dedos y el personal, muy bien, me facilita dos tiritas que resultan ser las mejores de todas las que he probado en mi vida, y van unas cuantas. Donde la mayoría fracasan, estas se adaptan y adhieren a la piel como si estuvieran hechas de lo mismo y sea cual sea la manera en que te veas obligado a colocarlas, dificultad añadida de unas heridas que quienes las padecen bien saben lo que duelen.

Era el día de la nieve en la isla mientras la tarde iba cayendo contra la pared ventana de la sala de descanso. Detrás del vidrio e ignorantes de lo bueno y de lo malo treinta garzas se han adueñado de lo más cercano y dibujan sobre el verde, unos metros más abajo y bien cuidado, una sinfonía de vuelos cortos y andares lentos y calculados en busca de alimento. Al fondo, las laderas que miran al sur de la Serra de Tramuntana se están pintando la cara del mismo color que las aves blancas.

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