PARAÍSOS PERDIDOS

El barreño al sol

El barreño se cubría de agua temprano, al sol en el centro del cerrillo. Pasado el medio día, el agua se calentaba lentamente bajo el canto de los vencejos y las nubes de mosquitos. Algún galgo habría bebido ya de ella, y hasta algún zapatero con alguna araña de patas largas flotarían medio ahogados dentro de la tina. Sobre la piedra a la entrada de la casa de adobe desayunaba leche con pan migado mientras el barreño se oreaba. Sobre la gran piedra de granito que abultaba mi cuerpo me sentaba y pensaba en la obligación de sumergirme dentro, y en los tordos negros que me miraban desde los aleros. Del campanario de la iglesia de Santa Catalina sonaban los cuartos, a misa con toquilla. La cigüeña, que era de Dios, sobrevolaba con largos palillos en su pico hacia la construcción del nuevo nido. De las bodegas soterradas llegaba el fermento de las uvas pisoteadas. Hollejos ennegrecidos y charcos de sangre olorosa. Los gitanos acampaban en los álamos y ponían lañas a los utensilios de latón y arreglaban paraguas. La borrica de los lecheros subía, empujada del ronzal por el bueno de Julio, cargada ya de sus cántaras densas y blancuzcas, hacia la calle empedrada. Pitaba el camión Pegaso del marido de la Gregoria, que iba para la capital con su motor acatarrado. En las huertas linderas al arroyo se ataban las lechugas. En los charcos, debajo de los puentes, crecían los renacuajos. Y el vaquero, imponente a caballo, desplazaba a abrevar al ganado, entre los arenales del antiguo río. Por la estación pasaba un tren, de oloroso carbón, dos veces al día; del Alberche a la gente de la ciudad. Los cazadores, echando pestes de la mixomatosis, venían con liebres y perdices de pico rojo, que vendían en Casa del Tío Pepe, con las escopetas escondidas a la guardia civil. En las eras aún quedaban piedras y el trillo se aburría dando vueltas, con los niños haciendo peso. Las primeras aventadoras escupían la parva, frente a la ermita de Nuestra Señora del Socorro junto a la carretera de Méntrida. En las escuelas de la plaza, Don Francisco y vara. En las que andaban cerca del pilón, se veían los campos, las casa de los maestros y se cantaba más, los cántaros volvían llenos a sus cantareras de madera pintadas con flores. Los pañuelos de las mujeres siempre huelen a hembra tranquilizadora. Cerca de la casa del tío Goro, entre las retamas, con dos palos, colocaban con mucha paciencia la liga. Atrapaban jilgueros y de todo, decían que después los vendían en el Rastro. Las codornices se acurrucan entre los sembrados, perseguidas por los jauleros de reclamo. El olor a higuera y el sabor de los granos de trigo recién arrancados de la espiga, el de los garbanzos verdes… Las sábanas y los camisones oreándose sobre los arbustos a la orilla del agua. Las mujeres chismorreando y los niños cerca, pero a su aire, comiendo pan y quesito de las falsas acacias y olisqueando del toronjil limoncillo. Por la Cañada Real el avance es lento. Con la puntualidad de los rebaños. El calor y las vedijas de lana entre las esparragueras, los pastores empinaban su bota de vino al sol. ¡Me cago en Dios! Blasfemaban murmuradores los labradores, azadón en ristre, rompiendo terrones entre piedras. Los chatos de vino turbio en la cantina de la estación rezumaban sudor, se cortaban a navaja. El queso se ahogaba en el aceite de los olivos y en las perneras de los jornaleros, los perros husmeaban a meado y tomillo, a roña y jara. En el barreño había que bañar al niño, una vez a la semana. Las hermanas mayores dejaban sus hacenderas y se hacían las unas a las otras sus largas coletas de trenzas negras, tras humedecerlas en la palangana. Las chicas jóvenes de la casa siempre se estaban riendo y producían agudos gritos que sorprendían a los gatos adormecidos en el alféizar. Y la criatura lloraba bajo el aire limpio y las nubes, posado sobre el latón caliente del barreño sobre los hormigueros y las lagartijas. Inocente y desapercibido de tanta alegría y tan poco pan blanco. No había incertidumbre. Y de las lágrimas venía la maravilla de soplar, sobre la superficie del agua templada, el fruto de un diente de león.

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