DESDE LA DOBLE A

La línea fina, la línea gruesa y CABEZA ALTA

atleti

 

Empiezo a escribir estas palabras tras el desenlace de la final de Champions. Invité a un montón de gente a mi casa (que inundaron de rojiblanco el salón), pero con la conclusión de la tanda me acabo de ir a mi habitación con mi camiseta del Atleti. De esas necesidades que a uno le entran. Me he tenido que cerciorar un par de veces, pero es real. Lo que estoy escuchando desde mi ventana es el cántico de “Te quiero Atleti”, buque insignia en el repertorio musical del Calderón. Es una noche difícil. Es complicado acertar con el adjetivo cuando se juntan tantas emociones en un mismo instante. Es imposible no darle vueltas a la cabeza. Es inviable no querer al Atleti. El qué lleva implícito el cómo. Resulta lógico ver que la línea fina y la línea gruesa, muchas veces, están más próximas de lo que parece.

Y mientras uno se baña en un mar de emociones, se mira el escudo de la camiseta que le acompaña. Un escudo que, más allá de estar bordado en la tela, está cosido en el alma de todos y cada uno de los colchoneros. Un escudo que derrocha esfuerzo, sacrifico, coraje, corazón, entrega máxima de una afición… Atributos que, tras el pitido del tiempo suplementario, quedaban bailando en un delgado hilo, a expensas, quizás, del destino. Atributos que pueden generar un 95% de los logros de la existencia. Sin embargo, la compañía de la suerte (ese otro 5% que completa el todo) no se decantó por nuestro lado. No obstante, que la ilusión de tantas almas penda de una línea fina es la razón de haber sido capaces de subirse. La razón que prueba que la épica también sale de los libros.

Entre todo esto, debo, como buen anfitrión, salir y despedir a los que vinieron a mi casa porque creían. Creían en los sobrados argumentos que llevan demostrándonos tanto tiempo estos jugadores, técnicos, empleados…

Ya en el silencio que ofrece la noche, se abre el camino del pensamiento sobre lo que pudo ser y no fue. Por ahí, se presenta la línea gruesa. La línea de lección tan ancha que han dado nuestros jugadores y entrenadores de este glorioso club. Lección que, por supuesto, traspasa lo deportivo. Hay que saber disfrutar del camino. Cuando, más allá del minuto 120, la situación no cae de nuestro lado, parece que no existió camino. Sí. Existió. Un camino en el que, a diferencia de otros, tampoco tuvimos la compañía de la suerte que otorga el sorteo. Dejamos atrás a gigantes de Europa demostrando que las cimas también las superan los que luchan como hermanos. Sin toda esa línea gruesa de sacrificio y fe, jamás nada podría haber dependido de un fino hilo.

Evidentemente, el supremo nivel de exigencia en el que vive Simeone nos invita a querer más. Lo cual es extraordinario, pero nunca dejaremos de valorar todas aquellas alegrías y felicidad que estamos acumulando. En ese debate sobre la posición del ser y lo que pudo y lo que fue, llega el alto. Llega el alto porque también pudo ser no haber nacido del Atleti y eso, afortunadamente, no fue. Refrescar una colosal noticia en medio del caos siembra la tranquilidad. Somos del Atleti. Con esa tranquilidad me tumbo en la cama. No pienso quitarme la camiseta y hoy (como en otras ocasiones) será mi pijama.

No voy a mentir. Cuesta dormir. Comienzo a repasar mi historia con el Atleti. Desde mi primera camiseta de Pantic, con cuatro años, hasta hoy. Se amontan imágenes de mis 14 años de abonado (más de la mitad de mi vida) yendo al Calderón domingo sí, domingo no. Ciertamente, ayer sentía tanto entusiasmo como cuando pasé el carnet por el torno, por vez primera, en Segunda. El sentimiento va más allá de la situación. El sentimiento es el ser. Ser de este glorioso club. Me llegan imágenes de horas y horas en el estadio. De mi padre, de mis primos, de toda la gente con la que compartes grada (familia atlética) y con la que sonríes mientras sufres y sufres mientras sonríes. Una vez más, te invade la sensación de fortuna.

Sin embargo, cuesta no dejar de dar vueltas a la cabeza. Cabeza que siempre se mantiene alta. Aunque, he de reconocer que yo la acabo de bajar. La acabo de bajar para besar el escudo de la camiseta con la que dormiré esta noche.

Se exhibe el Sol temprano. Siempre sale. El amanecer conlleva cosas distintas a la noche. Sigue habiendo silencio, pero es distinto. Me despierto con la idea de saber cómo será el nuevo carnet de la temporada 2016-2017 que llegará a mis manos, cuál será su diseño. Despierto con las ganas de sonreír y hablar con los que ayer despedí en medio de esa línea fina. Despierto con la idea de recuperar la línea gruesa. Línea de valores, incalculables en su peso, que nos han transmitido estos futbolistas y el gran Simeone que, además de ser un descomunal entrenador, es el guía espiritual de estos ilustres colores. Despierto con la idea de sacudir el polvo y volver a la batalla. Despierto con mi camiseta, ésa que nosotros sí nos enfundamos con independencia del marcador.

En 120 minutos el Atleti no ganó ni perdió. Pero, en esa tanda, se dio el único resultado que permitía ver a las dos aficiones contentas. Eso dice absolutamente todo de la nuestra. De una afición que ama más el sentimiento que un gol ilegal.

Muchos dicen que la Historia nos debe una Copa de Europa. No lo sé. No es exactamente eso lo que me preocupa. Me preocupa el sacrifico y vacío de los nuestros (jugadores y afición) y eso siempre es un objetivo cumplido temporada tras temporada. No sé si algún día escribiré que el Atlético de Madrid ha ganado una Champions. Pero, estoy seguro de que cada vez que escriba sobre mi equipo lo haré con una eterna sonrisa. Eso pondera absolutamente todo.

Más allá de la cuantía de títulos, estos jugadores mueren por una idea. Y las ideas son muy difíciles de derrotar. El amanecer deja claro que el relato rojiblanco no da lugar ni a una sola lágrima. No me siento más orgulloso hoy que cuando empecé de abonado en Segunda. Simplemente, siempre me sentiré orgulloso. Quien conoce este sabor, lo sabe de sobra.

Gracias Cholo y muchachos por esa línea delgada, esa línea gruesa y esa CABEZA ALTA.

Cuando deje esta vida para siempre,
Diré bien alto: “Tuve la suerte,
Fui colchonero hasta la muerte”.
(Ecos del Calderón)

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