DIARIO DE UN JUBILADO

Si el monte se quema te quemas tú

Con el verano, el calor; con el calor, los incendios en el monte

“El hombre de estos campo que incendia los pinares / y su despojo aguarda como botín de guerra, / antiguo hubo raído los negros encinares, / talados los robustos robledos de la sierra”
Antonio Machado

♦Cuando yo era un muchacho allá en mi pueblo el verano era todo luz y calor. El pueblo se asentaba entre los pinares, las viñas, las huertas y el río. Todas las mañanas del verano bajaba a nadar en el río. El agua estaba fría como el hielo pero eso era algo que cuando tienes trece años apenas si te das cuenta. Las tardes se me iban tonteando con los amigos en la terraza del baile de verano.

Las colinas que rodeaban al río estaban sembradas de viñas. Con la vendimia, las calles del pueblo se llenaban de montones de racimos de uvas a las puertas de las casas que tenían sus bodegas familiares en el interior. Nunca olvidaré el aroma que desprendíalas uvas impregnando el aire. Era una fiesta, la fiesta de la vendimia, del otoño que estaba punto de llegar llevándose tras de sí el verano. Más arriba, por encima de los tejados, se divisaba el monte poblado casi hasta la cumbre de pinares resineros. Era una mancha verde, espesa, luminosa al mediodía y negra como el azabache por la noche. Cuando había luna llena brillaba como la plata. Los veranos eran para mí como estar en la gloria. Luego llegaba el invierno, se marchaban los veraneantes, venía el frío, la lluvia y la escuela. Todo tenía entonces otro color. Todo era muy triste. El color gris y la tristeza de la España de la dictadura franquista. La España subdesarrollada.

El pinar era lo más grande que tenía mi pueblo, además daba de comer a muchas familias. Gracias a los pinares el ayuntamiento podía empedrar las calles, llevar el agua potable a todas las casas, dar trabajo a los sin trabajo… La resina era un producto que se pagaba muy bien en el mercado. Todo era armonía y bienestar. Armonía con la naturaleza y bienestar para las gentes que vivían de ella, unos de las pequeñas huertas que se plantaban junto a los arroyos de aguas limpias que bajaban del monte, otros de las viñas que se extendían por todas las lomas entre el río y los pinos, otros de la resina… También había un castañar que estaba casi por descubrir arriba en el monte, más allá de los pinares. Qué bonita es la vida cuando uno es un adolescente, al menos así es como se la recuerda cuando ha conseguido superarla, vivirla en la realidad quizá sea otra cuestión.

Cuando se producía un incendio en el pinar era para echarse a temblar. El pánico se apoderaba de todos los habitantes del pueblo. Tocaban a arrebato las campanas de la iglesia y las calles quedaban envueltas en sombra. El miedo asomaba en los ojos de todas las mujeres, los hombres con el susto en el cuerpo acudían a la plaza del ayuntamiento y con toda clase de herramientas subían a sofocarlo. El fuego siempre era una amenaza de muerte. Un pinar resinero arde con nada y no hay quien sea capaz de sofocar las llamas. Si se levanta algo de viento es un infierno. El verano quedaba partido en dos, sus-pendido. Mejor que no hubiera verano, por el calor, por el aire, porque no llueve y sobre todo porque alguien tiene que ir a apagarlo jugándose la vida.

Un verano ardió todo el pinar, miles y miles de hectáreas. El monte entero se tiñó de negro, un negro sucio y humeante. El fuego duró semanas enteras. Le echaron la culpa a un joven empleado de la resinera que terminó en la cárcel. Y menos mal que nadie perdió la vida. Muchos aquel verano perdimos la inocencia. Ya nada volvería a ser como había sido siempre. A veces el fuego en lugar de purificar lo emborrona todo.

El paisaje es de todos aunque el propietario sea el conde o vaya usted a saber. El paisaje es algo más que un monte con pinos. El pinar puede servir para darnos de comer pero aún más, también es alimento para el alma. El paisaje es cultura y por eso todos aquellos que lo queman o dejan que lo quemen otros buscando un rendimiento económico son nuestros enemigos, van en contra de todos nosotros.

“El hombre de estos campo que incendia los pinares / y su despojo aguarda como botín de guerra, / antiguo hubo raído los negros encinares, / talados los robustos robledos de la sierra”.¿Es acaso “el hombre de estos campos”, de Castilla, un pirómano, un loco o un negociante sin escrúpulos como escribía Antonio Machado? Hay un poco de todo, pero también mucho de irresponsabilidad por parte de la administración pública. ¿A quién se le ocurre plantar enormes cantidades de pinos por todos los montes del país sabiendo que estos árboles deshidratan el terreno y arden con nada en pleno verano? Es como tener un polvorín incrustado en el paisaje, muy bonito pero muy peligroso.

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