DIARIO DE UN JUBILADO

Un fusil kaláshnikov entre las manos y el terror en la mirada

Los jóvenes que el día 13 de noviembre mataron a bocajarro a 130 personas en París eran franceses y belgas de nacimiento y educación, podían haber sido españoles, de Leganés o de Parla o de cualquier otra de las ciudades de nuestro entorno.

♦ Nunca podré olvidar la tarde que pusieron en mis manos un fusil ametrallador aquel verano en el Centro de Instrucción de Reclutas de Alcalá de Henares. Hasta ese día, la mili era como tomarse unas vacaciones al aire libre. Era como jugar a la guerra pero de mentira. Varios cientos de jóvenes vestidos de kaki haciendo gimnasia por las mañanas, aprendiendo a desfilar girando a la vez a la izquierda y luego a la derecha una y otra vez. Por las noches, bajo las estrellas, formados ante los barracones nos contaban uno a uno por si faltaba alguno de entre nosotros. Nunca faltaba nadie. Todo venía a ser, ya digo, como un juego aunque a más de uno ese juego les resultara insoportable. Nos habían sacado de nuestras casas, separados de nuestras familias, lejos de nuestros pueblos y ciudades para aprender a dar la vida, si hubiera hecho falta, por la patria. Pero la tarde esa en la que el capitán de la compañía nos puso a cada uno de nosotros un fusil en las manos, aquella tarde la mili dejó de ser un inocente juego para convertirse en una maldición. No sólo había que dar la vida por la patria. Aquel fusil servía para matar a otro ser humano y yo estaba allí para aprender a usarlo. Eso fue un duro golpe contra mi conciencia. De momento tenía que aprender a desarmarlo, a engrasarlo y volver de nuevo a amarlo, nunca mejor dicho. Después, nos llevaban al campo de tiro a disparar contra unas dianas de papel que representaban a un ser humano. Aquello ya no tenía ninguna gracia.

Nunca he tenido que disparar contra nadie, menos mal. No creo que hubiera sido capaz. Por suerte, la patria no me ha pedido ir tan lejos. Además, no ceo que haya ninguna patria que me lo pueda pedir a pesar de que como argumenta un sin techo del Puente de Vallecas: Toda militancia tiene un precio. Sí, pero también unos límites, por eso me pregunto: ¿Cuánto fanatismo tiene que acumular un joven yihadistas en su interior para coger en sus manos un kaláshnikov y dispara contra la multitud como sucedió en Paris el 13 de noviembre? ¿Cuánto odio en su corazón contra todo y contra todos en nombre de Alá? ¿Cuánta ignorancia? ¿Cuánta ceguera? ¿Cuánta frustración en su vida? ¿Cuánta injusticia?

Los jóvenes que el día 13 de noviembre mataron a bocajarro a 130 personas en París eran franceses y belgas de nacimiento y educación, podían haber sido españoles, de Leganés o de Parla o de cualquier otra de las ciudades de nuestro entorno. Chicos normales, amigos de juventud, del colegio, del instituto, de salir juntos el fin de semana, aunque sus padres hubieran venido de Marruecos o de algún país al sur del Sahara y no de La Mancha, Andalucía o de Extremadura y que, en vez de ir a misa a la parroquia del barrio los domingos iban a la mezquita los viernes. Muchos ni a la parroquia ni a la mezquita. Tan rebeldes los unos como los otros, sin embargo, un día, enredados por las soflamas yihadistas deciden convertirse en asesinos. Incluso asesinos de sí mismos. No jugaban a la guerra, jugaban a matar a lo loco contra todo y contra todos, incluso contra ellos mismos. Apenas ha quedado uno de ellos vivo. En el país de origen de sus abuelos eran extranjeros, mientras que en Francia eran simplemente jóvenes sin trabajo, diferentes, sin futuro con un fusil kaláshnikov en las manos y el terror en la mirada.

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